Todo en la vida puede ser una Catedral: Pensar en siglos y vivir en minutos
Hasta este momento de mi vida he repetido casi como un mantra la frase de “el proceso es más importante que el resultado”.
Hay mil versiones de la misma frase, desde la más poética que habla del camino y el destino hasta la más filosófica que habla del fin y los medios.
Escucharla —y repetirla— tantas veces no me ha ayudado realmente a aplicarla en mi vida.
Siempre estoy pensando en el resultado.
Aunque no quiera, tengo que confesar que sí me importan los likes, que quiero que me lean, que hay algo dentro de mí que simplemente está obsesionado con lograr algo.
Lo peor es que no es solo con lograr algo, sino con lograrlo YA. Hoy mismo, en este mismo instante.
Habiendo crecido junto con el internet, hace sentido que esta sensación de valor atada al tiempo sea parte fundamental de nuestras vidas.
La paciencia es sin duda una virtud en peligro de extinción.
Nuestros cerebros están acostumbrados a tener la “llave” de dopamina abierta, y cuando no está abierta, sentimos que algo está mal.
Por eso estamos rodeados de la idea tóxica de que la quietud es un síntoma de la pereza. Porque la quietud no es productiva.
Llevo muchos meses preguntándome cómo puedo hacer real esa idea que ya tengo interiorizada en mi cabeza de que el resultado no puede ser la motivación para la acción.
Es difícil hacerla real cuando tengo dos celulares, cinco redes sociales y mi trabajo me exige constantemente estar pegado a una pantalla, actualizado, en vanguardia… siempre un paso adelante.
¿Cómo cambiamos una mente que está bajo ataque constante?
Claramente no se trata de entenderlo, porque si algo he aprendido es que entender algo no lleva a ninguna transformación.
No es lo mismo entender que aplicar, y vivimos en un mundo en el que entendemos muchas cosas, pero realmente aplicamos pocas.
A veces siento que me lleva una corriente, y que realmente no estoy en control.
¿A alguien más le pasa esto?
A mí en particular ya se me olvidó la última vez que empecé algo sin haber pensado con anterioridad en el resultado final de lo que estoy haciendo. De todo lo que empiezo ya tengo una imagen final, sin haber dado siquiera el primer paso.
Me surge la pregunta de si en algún momento vamos a mirar al pasado y darnos cuenta de que estamos locos por querer vivir así.
En este contexto me encontré por ahí con la idea del Pensamiento Catedral, y con solo escuchar el concepto me dio un poco de ansiedad.
¿Cómo es eso de que uno crea un proyecto que sabe que nunca va a ver terminado?
El promedio de tiempo que se tomaba en la Edad Media para construir una catedral era de unos 150 años.
Eso quiere decir que, incluso con la expectativa de vida de hoy, sería imposible que una persona pudiera verla desde el momento que empezó su construcción hasta el momento en que se terminó.
Hay muchas que ni siquiera han sido terminadas, que no sabemos si algún día van a estar terminadas del todo.
¡Qué ansiedad pensar que no voy a poder ver el TikTok que estoy grabando, ni poder postear la foto de la maratón que corrí, ni ver mi empresa llegar a cotizar en la bolsa!
Diciéndolo en voz alta, suena ridículo. Pero vivimos así, como si todo tuviera que ser visto, medido y celebrado ya.
¿Por qué nos da ansiedad no ver las cosas terminadas?
Pero sobre todo… ¿Qué tenía esa gente en la cabeza?
¿Cómo puede uno pensar con toda tranquilidad: “Oigan, vamos a hacer esto y lo terminamos dentro de unos 100 o 200 años…”, y seguir tan tranquilo por la vida?
Encontrarme con este concepto me ayudó a aterrizar dos cosas muy importantes que quiero aplicar en mi vida y que quizá deberíamos tener más presente todos:
1- Pensar que todo en mi vida es una catedral me libera de la ansiedad de tener que ver el resultado completo hoy.
Más allá de la frase vacía de que el proceso es más importante, me estoy dando cuenta de que cada paso es un resultado en sí mismo.
Esta piedra, que va encima de esta otra piedra, ya es algo.
Y si eso es todo lo que voy a ver de esta catedral, está bien.
2- Cuando pienso en construir cosas que no necesariamente voy a ver terminadas, puedo pensar en grande, más allá de mí y de mi ego.
Se me ocurre que tal vez este es el pensamiento clave de la verdadera disrupción: crear algo no por el impacto que puede tener hoy, sino por la remota posibilidad de que cambie algo mañana.
No tiene mucha lógica pensar que algo realmente significativo puede ser construido de la noche a la mañana.
Tengo la sensación de que las cosas importantes pasan en tiempo de décadas, ni siquiera de años, aunque intentemos medirlas en el tiempo de días (o minutos).
Creo que eso tiene mucho que ver con la visión distorsionada que tenemos de la realidad cuando la vemos a través de una pantalla.
La relación esfuerzo/resultado ha sido desproporcionalmente afectada por las redes sociales.
Todo en la vida puede ser una catedral.
¿No suena como algo muy liberador?
También es de alguna manera un acto de rebeldía contra la idea de que estamos perdiendo nuestra capacidad de concentrarnos, o reduciendo cada vez más la atención.
Lo más impresionante de las catedrales es que son estructuras enormes que al mismo tiempo tienen un detalle máximo en las pequeñas cosas. La forma exacta en que encajan dos piedras. La luz filtrándose por un vitral a cierta hora del día.
Al final lo que me digo a mí mismo es que quizá no estoy todavía preparado para vivir la vida como ermitaño.
Que desconectarse de la sociedad no parece necesariamente una salida obvia a estas preguntas que cada vez me hago con más frecuencia.
Sino que, como muchas otras cosas en mi vida, quizá la mejor forma de afrontar esto es haciendo un cambio de perspectiva, incluso un cambio en la manera en la que entiendo y le doy valor a las cosas.
Siempre me queda la pregunta abierta de cómo hago para hacer realidad las cosas que pienso, y en este caso en particular me ha servido meterme en la película de pensar en todo lo que empiezo con la tranquilidad de alguien que empieza a construir una catedral.
No importa lo que pase, no importa lo que haga:
Es imposible que vaya a ver esto terminado.